martes, 4 de noviembre de 2014

Pinceles y teclas



Si hace dos entradas hablábamos de la relación entre la música y la pintura, resulta casi natural que la progresión siga y de la pintura lleguemos a las palabras. En la década de los 70, el posteriormente exitoso novelista Tom Wolfe, dedicó un ensayo altamente irónico (marca de la casa) al arte contemporáneo.

Tom Wolfe, personaje en
 Los Simpson
La palabra pintada, que así se titula el susodicho ensayo (y que tenemos en la biblioteca), recorre el panorama del arte contemporáneo de los 70, pero lo que plantea Wolfe sigue igual de vigente más de 40 años después. Su título hace referencia a la necesidad que tiene el arte contemporáneo de ser explicado, tan críptica es la experiencia artística que propone. Sólo si al lado de cada obra, hay una prolija aclaración textual de las intenciones del artista, es posible en muchas ocasiones llegar a comprender algo. Y a veces, ni aún así. De ahí que según Wolfe los catálogos de una exposición se asemejen a unas instrucciones de uso de lo más voluminosas.

La obra de arte conceptual del artista Tyree Callahan, en cambio no precisa de tanta aclaración. Su propuesta está abierta a mil lecturas, pero a la vez permite el goce inmediato sin necesidad de mucha explicación. Callahan ha intervenido una máquina de escribir Underwood de 1937, convirtiéndola en un ingenio mecánico para pintar. En lugar de letras, sus teclas son colores, y de seguir el poco práctico método creativo que permite el artilugio: el resultado se supone que sería una pintura como la que emerge del rodillo. Una bella metáfora de las relaciones entre las palabras y la abstracción de la pintura.



Marinetti retratado por Carrà
A principios del siglo XX, el poeta italiano Filippo Tomaso Marinetti (1876-1944) celebraba con su manifiesto poético-terrorista: ¡Matemos el claro de luna!, el éxito del futurismo, la apoteosis de la máquina como tótem  absoluto de los nuevos tiempos. Como dijo el exaltado Marinetti: "Un automóvil de carreras es más importante que la Victoria de Samotracia". La fascinación por la tecnología impregnaba las vanguardias artísticas del momento. Y más o menos un siglo después, en medio de otra revolución tecnológica que supera las fantasías más calenturientas de los futuristas de principios del XX: la obra de Callahan parece interrogarnos de nuevo sobre la alianza entre el arte y la máquina.

No creemos que los extremismos de Marinetti tuvieran mucha fuerza en estos tiempos líquidos, entre otras cosas, porque el poder de infiltración de la tecnología en todos los ámbitos es tal, que no son necesarias proclamas tan vehementes. La reciente noticia de la alianza del Museo Thyssen y de Sony para la creación del videojuego Nubla, parece ir en ese sentido. Un videojuego en el que se explotarán narrativamente las obras de la colección del museo, con un ánimo didáctico, y a la vez artístico.

Formas únicas de la continuidad del espacio (1913)
Obra futurista de Boccioni que pareciera inspirada en la
Victoria de Samotracia
Afortunadamente la aseveración de Marinetti no resultó cierta, y la Victoria de Samotracia sigue congregando más visitantes que cualquier coche de carreras. Será que la tecnología para alcanzar un estadio superior al de un simple mecanismo, seguirá precisando de la imaginación y la creatividad de los artistas. Y en el siglo XXI, se podría decir que la Victoria de Samotracia viaja en coche de carreras.

Y para cerrar nada mejor que un futurista de pro: Luigi Russolo (1885-1947), pintor y compositor futurista entre cuyas piezas se encuentra precisamente un tema titulado Máquina de escribir. Su sistema de sonido futurista es disfrutable por el vídeo que lo acompaña, y sobre todo, porque dura poco más de un minuto.