viernes, 2 de enero de 2015

Hiperestimulados, anestesiados, manipulados



Este post, entrada, artículo o como quieran llamarlo, sólo podía darse en estas fechas. Y no es porque trate nada relativo a la Navidad, es porque sólo una vez saturados de brillos, destellos, luces espasmódicas, adornos kitsch y purpurinas mil, es posible leerlo sin sufrir un ataque epiléptico. Por ponernos pedantes (algo en lo que incurrimos de vez en cuando, según algunos) se trataría de algo así como un metapost, por aquello de que experimenta en sí mismo lo que predica, o más bien contra lo que predica.



En una reciente entrevista, el escritor y editor italiano Roberto Calasso, expresa una de las paradojas de esta revolución tecnológica que estamos viviendo, que viene a cuento de lo que aquí decimos:

"Un estudiante inteligente, de esos que sufrían porque estaban en provincias y no tenían acceso a las grandes bibliotecas […] hoy desde casa puede tener acceso a libros del siglo XVI, del XVIII, o a las revistas más complicadas de encontrar. Todo está en la red, algo inconcebible hace 20 años. Y, sin embargo, no he notado que se haya producido un particular desarrollo,  jóvenes que escriban una tesis magnífica…"

El editor italiano reflexiona de este modo ante la "aversión" que muchos sienten ante los intermediarios (editores en este caso) en el mundo digital; pero otro tanto podríamos decir de los bibliotecarios, como mediadores entre el exceso de informaciones y los usuarios. Nosotros osamos aventurar una explicación a lo que plantea Calasso: estamos saturados, sobrestimulados, casi anestesiados ante tanto estímulo, ante tanto reclamo. Y esto lleva a que muchas veces, salvo los egos insaciables de reconocimiento, muchas voces interesantes opten por la discreción. Una virtud, ésta de la discreción, en franca decadencia en nuestros días.

Usar un gif animado, un emoticono, un dibujito, un banner emergente, puede tener su gracia bien administrado; pero el aturdimiento continuo que busca provocarnos la publicidad, la avalancha de informaciones, el carrusel de novedades que gira y gira alrededor nuestro, puede arrastrarnos simplemente a la apatía.



Una de las características que muchos editores de libros electrónicos enarbolan como ventajas frente a la experiencia lectora en papel: es la posibilidad de incluir vídeos y animaciones en el texto. Hay ediciones en digital de cuentos infantiles clásicos que son una verdadera delicia, relatos interactivos que se venden como un aliciente para atraer a los jóvenes a la lectura, por permitirles una experiencia más cercana a lo audiovisual.




No tenemos suficientes argumentos pedagógicos para calibrar los pros y contras del uso de la interactividad para fomentar la lectura entre los jóvenes; pero el peligro de que esa exigencia de interactividad se contagie a la lectura adulta, no parece tan beneficiosa. Ya lo dijo el filósofo coreano Byung-Chul Han: "la acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo".

La lectura desnuda de cualquier artificio que no sea la tinta sobre el papel (o la pantalla), la lectura cuyo ritmo lo marque el lector, y no cualquier aplicación o subrayado externo y rutilante: es la única capaz de generar reflexión y pensamiento. Sin algo de quietud (precisamente esa que les estamos robando a cualquiera que lea este post), es imposible asimilar lo que leemos, vemos o escuchamos.

Confiar nuestro aprendizaje a la tecnología, es como fiar nuestros recuerdos a una máquina, y dejar de ejercitar nuestra memoria. La intromisión de Internet en nuestras vidas está llegando a esos límites que la ciencia ficción más visionaria supo adelantarnos hace décadas.

Durante esta Navidad, Facebook da la posibilidad a todos sus usuarios de crear un recordatorio visual del 2014. La propia aplicación organiza tus recuerdos en base a tus publicaciones, ordena las fotos que has subido, y te lo da todo hecho, listo para que lo compartas con tus contactos.

Los DJ Les Castizos ironizando sobre el resumen de Facebook


El problema ha sido el caso del estadounidense Eric Meyer, que ha tenido que ver cómo Facebook le ofrecía esta posibilidad adjuntando la foto de su hijita de 6 años, que había fallecido hacía unos meses. La respuesta indignada del desconsolado padre ya se ha convertido en fenómeno viral; y en todo un toque de atención de hasta qué punto estamos dejando que la tecnología se entrometa en nuestras vidas. Nuestros álbumes de fotos ya no están en la librería del salón, ahora están en Facebook o en Instagram, y ellos quieren ser nuestra memoria. ¿Acaso no parece el argumento de la excelente serie británica Black Mirror?

Poco a poco, llegaremos a ser simples espectadores de nuestras propias vidas, cuyo relato nos servirán amablemente editado las multinacionales de Internet. De ahí a los recuerdos prefabricados de los replicantes de Blade Runner, habrá sólo un paso.




Llegados a este punto, si algo nos queda claro es que la sobriedad es el nuevo exhibicionismo. Ante la avalancha de impactos de todo tipo que nos asaltan, y nos anestesian: no hay nada más exhibicionista que lo austero. Pocos se habrán dado cuenta, pero desde septiembre, que cambiamos un poco el aspecto del blog, hemos reducido al mínimo los juegos con los tamaños de las letras y los colores que tanto utilizamos en épocas pasadas. Salvando los centrifugados mensuales, en los que nos soltamos algo más la melena, hemos contenido un poco el sensacionalismo, y apostamos por una cierta sobriedad.




Quien quiera leernos que nos lea, quien quiera seguirnos que nos siga. Pero vamos a predicar un poco con el ejemplo, y a incluirlo en ese libro de estilo inexistente que con la práctica vamos conformando (claro que todo depende del número de visitas de este post, si bate récords, este blog puede convertirse a partir de ahora en un carrusel frenético que ríete tú de la feria de septiembre). En cualquier caso, quede como propósito de enmienda de cara al nuevo año que recién arrancamos.

¡¡¡Y QUE ESTE POST ACABE DE UNA VEZ !!!!



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