miércoles, 8 de julio de 2015

Sacando los colores



¿Qué fue de las películas coloreadas? Siempre resulta curioso recordar supuestas modernidades que el tiempo caducó incluso antes de que llegasen a cuajar entre el público.

El intento de explotar los clásicos cinematográficos rodados en glorioso blanco y negro, pintarrajeándolos electrónicamente fue una moda que igual que vino, se desvaneció, para alivio de cualquier cinéfilo de pro. En los 80 las emisiones por televisión de títulos míticos como Objetivo Birmania, El sueño eterno, La calle 42 o Casablanca, sumaron nutridas audiencias que hicieron pensar a los responsables de tales dislates, que el invento tendría futuro. Quienes vieran algunas de aquellas herejías cinematográficas, recordarán los saturados tonos pastel que ensuciaban la expresividad de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, apoyados en la barra del Rick’s Café; y que quitaban las ganas de pedirle a Sam que la tocase otra vez.

La obsesión por modernizarse a toda costa, sólo puede desembocar en el ridículo. El diccionario de la RAE entre las acepciones del término clásico, incluye aquello que “se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”. Hace décadas, las creaciones aspiraban a alcanzar algún día la categoría de clásico; ahora va todo tan deprisa que no da tiempo a que nada se asiente el tiempo suficiente.

Hace unas semanas ha llegado a nuestra biblioteca la edición de  El Quijote modernizado por Andrés Trapiello. Por supuesto que la labor de Trapiello con el clásico cervantino no ha consistido en ensuciar al original, como hicieron con los clásicos del Hollywood dorado: pero ha reabierto el viejo debate sobre lo idóneo, o no, de adaptar a la actualidad, obras inmortales. Desde académicas como Soledad Puértolas, o premios Nobel como Vargas Llosa, defienden estas actualizaciones frente a voces como la de Alberto Manguel, que en un interesante artículo de El País: sostiene que estas adaptaciones no son más que muestras de pereza intelectual.

Tal vez, el mejor argumento para situarse en el punto medio en este debate, sea recurrir a las razones que Italo Calvino daba de ¿Por qué leer a los clásicos? Entre el listado de argumentos de su delicioso ensayo, quizás la razón número 13 que daba el inolvidable literato italiano nos resulte la más adecuada:

"es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo"

Estatua del emperado Augusto
Por eso tal vez lo importante cuando alguien se decide a remover a los clásicos,  no sea tanto el hecho en sí de renovarlos, sino el motivo por el que se hace. En el caso de Trapiello está claro que es el amor por la obra cervantina; en el caso de las películas, no parece que hubiera otra que el puro y duro mercadeo.

Y es que sacarle los colores a los clásicos puede depararnos desagradables sorpresas. El traje de Humphrey Bogart en la famosa escena con Ingrid Bergman en el Rick's Cafe, era de color rosa: de manera que al fotografiarlo en blanco y negro simulase un blanco resplandeciente. Si se recuperase el color original de las pirámides egipcias su solemnidad secular quedaría en entredicho ante la mezcla de colores originales con que se edificaron; o las esculturas de la Grecia o la Roma antiguas, nos parecerían auténticos ninots falleros al resucitar con su policromía original.

De la seriedad que le han dado los siglos,
al colorido drag queen que tenía en su origen

"Hay que ser absolutamente moderno" que proclamó insolente Rimbaud. Pero para los tiempos que corren, la manera de ser más rabiosamente moderno empieza por reivindicarse orgullosamente clásico.

Por eso, nada más propio que acabar en glorioso blanco y negro. No sabemos si Melody Gardot llegará a ser una clásica, pero su elegante (y refrescante) vídeo para su tema Baby, I'm a fool, evoca ese Hollywood añejo que los amantes de los clásicos no queremos que nadie, ni nada, nos ensucie jamás.




2 comentarios:

Anónimo dijo...

Supongo que lo buscamos no es tanto que sea clásico sino que sea auténtico, que no se desvirtúe la idea original.

El blog de la BRMU dijo...

Por supuesto, ante todo un respeto. Y luego modernizar, adaptar, versionar, o lo que haga falta, pero con criterio. Y sin tenerle miedo a ser clásico, los clásicos siempre terminan resultando modernos.