jueves, 20 de agosto de 2015

Posos de café. Segunda taza


Según las recomendaciones más extendidas, el número de tazas de café aconsejables al día no debe de superar las cuatro. Pero como también entran en juego la variedad del café, así como el estado de alteración nerviosa del consumidor: vamos a por la segunda (y de momento última) taza de infusiones vigorizantes en su relación con la cultura.

Escritores, músicos, cineastas, pintores, locos por el café, hay y habido muchos; pero tal vez el caso que ha llevado más al extremo esa relación sea el de la escritora canadiense Margaret Atwood. La autora de La mujer comestible, es una enamorada de los pájaros, y por supuesto del café.


"Ignoro por completo a los tés de hierbas, voy directamente a la verdad, al vil café. Nervios en una taza. Me anima a querer saber más"

La relación de Isak Dinesen con el café iba más allá de consumirlo. En la foto aparece con el personal de su plantación de café en Kenia


Y tanto es así, que en colaboración con la muy literaria marca de cafés Balzac's, se lanzó al mercado la variedad de café Atwood Blend: una mezcla de granos procedentes de Sudamérica y Centroamérica que combina sabores a caramelo y cacao. Desarrollada en colaboración con la propia Atwood; la comercialización de esta variedad sirve para recaudar fondos para el Observatorio de Aves de la Isla de Pelee en Canadá.

Las bellos diseños para el café diseñado por Margaret Atwood



Pero la historia tras la marca de cafés Balzac's, bien merece un inciso. Diana Olsen es la fundadora de esta marca de cafés, licenciada en Literatura francesa, fue en la universidad donde descubrió la pasión cafetera del prolífico autor de La comedia humana.

Hasta 50 tazas de café negro dice la leyenda que podía llegar a ingerir en un día, el genio de las letras francesas; no es de extrañar que en 20 años llegase a escribir hasta 85 novelas. El gran novelista del realismo francés del siglo XIX, defendía los beneficios que el café tenía para la creatividad: "el café es un gran poder en mi vida...que ahuyenta el sueño, y nos da la capacidad para ejercitar un poco más nuestros intelectos".


Olsen tras graduarse marchó a París durante un año y medio, durante el que frecuentó los típicos cafés de la capital, y fue allí donde pensó en montar una cadena de cafés bajo el nombre de Balzac.En la actualidad con once establecimientos, la cadena Balzac es una de las más importantes en Canadá; y de las más estimulantes en su concepto y diseños (como los fantásticos pósteres que lucen junto a este texto).

Y del binomio escritores y café pasamos al de los libros y el café. En inglés, a los libros de gran, gran formato, imposibles de leer como no sea en un atril o sobre una mesa, se les conoce como los coffee table books (los libros de la mesa del café).

Desplegar en un rincón de nuestro salón uno de los fastuosos tomos king size de la editorial Taschen, por ejemplo, puede tildarse de exhibicionismo cultureta. Pero sea por mero afán decorativo, o por sincero interés por la obra: para un amante del libro como objeto, el toparse con unos de esos monumentos impresos, es uno de los placeres equiparables al que provoca el aroma del café humeante en los café-adictos.


 

Carpeaux, las pin-up, Helmut Newton, Cartier-Bresson, Little Nemo, Caravaggio o el metalizado Sex de Madonna: obras XL para lucir en mesitas de café


La fotografía, el cine, la arquitectura, la pintura o la escultura suelen ser los principales asuntos que abordan estos mamotretos impresos a todo lujo. En la BRMU no tenemos mesitas de café, pero sí libros que entrarían dentro de la categoría de coffee table books. Nada más subir a la primera planta, como bienvenida a la Comicteca de adultos, luce la fastuosa recopilación de las tiras dominicales de Little Nemo; y todos los días hay más de un visitante absorto junto al atril que lo sostiene.

Sin salir de la sección, sobre otro atril, el tomo dedicado a la historia de la editorial de cómics norteamericana DC, destaca del resto por una curiosidad. Cuando el libro queda abierto por la doble página que ilustra a la edad moderna en los superhéroes (una doble página impresa en material reflectante) a mediodía se refleja un rayo de sol desde el lucernario que hay en el techo, que produce un efecto-llamada de lo más deslumbrante (somos muy dados a las epifanías en nuestra Comicteca).

Y sin salir de la planta, sólo hace falta acercarse a las estanterías de obras de consulta de fotografía, geografía o arte para descubrir auténticas maravillas transportables sólo con grúa o carretilla.




Y siguiendo con cafés y lectura, vamos a atender a una demanda de una seguidora del blog, que se quejaba de que hablásemos de erotismo, y no incluyéramos imágenes de hombres.

En Instagram se pusieron de moda, hace un tiempo, las fotografías de atractivos maromos leyendo en lugares públicos; y curiosamente, dentro de estos grupos dedicados a celebrar la belleza masculina, seguidamente, han proliferado las fotografías de guapos bebiendo café. Es una pena que no hayan pensado en unir ambas actividades, pero en respuesta a la petición de esta usuaria, aquí van unas cuantas instantáneas rescatadas de estos grupos de Instagram, que pueden tener efectos tan estimulantes como los del café.


 


En la primera taza de café hablábamos del fenómeno de Laxman Rao, de sus novelas y sus tés con leche; en esta segunda taza, para aquellos a los que no siente demasiado bien tanta cafeína, vamos a rebajarla con un poco de leche. De nuevo el grupo Garbage, que nos puso el café en la primera taza, ahora nos añade la leche con otra preciosa balada. Un delicioso café con leche servido por la carismática Shirley Mason para cerrar este duo de posts tan cargados de infusiones excitantes.


lunes, 17 de agosto de 2015

Posos de café. Primera taza


El Roto dedicó una de sus certeras viñetas a las librerías, 
  pero perfectamente podría ir dedicado a las bibliotecas.


Si se ha viajado a algún país escandinavo, y entre visita turística y monumento, se tiene el vicio de perderse en algunas de las librerías que salen al paso: probablemente se habrá topado con alguno de esos establecimientos cálidos que propician los diseños del norte de Europa, en los que es posible hojear libros, mientras se degusta un café o se come algo de repostería; a ser posible frente a un ventanal lluvioso, que venga a completar el idílico momento.

La alianza café-lectura-escritura es ya un lugar común.Ya hablábamos del informe sobre bibliotecas en Inglaterra, en el que se recomendaba que las bibliotecas copiasen a los coffee shop, o más chocante todavía: la noticia de las bibliotecas  inglesas que estaban siendo reconvertidas en bares.

En nuestro país los cafés literarios son todo un clásico. El reciente movimiento en las redes en contra del cierre del mítico Café El Comercial en Madrid, expresa bien esa vinculación entre cafés y cultura.

En Murcia, tenemos y hemos tenido variados ejemplos de cafés volcados en la cultura. Desde los clásicos Ítaca o el Zalacaín, a los desaparecidos El Continental o Aula. Durante los últimos años se han abierto algunos tan interesantes como el Ficciones o Espacio Pático; y precisamente nuestro seguidor Luis Sánchez (su novela Sin anestesia está en nuestras colecciones) nos dejaba un comentario en Al calor del amor en una biblioteca, en el que recordaba la cafetería-librería Espartaco, en Cartagena, y el generoso letrero que colgaba en ella avisando: “No es obligatorio consumir: puede sentarse a leer”.


Según un reciente estudio de la Universidad de Granada, el valor antioxidante de los posos del café es hasta 500 veces mayor que el de la vitamina C;  y no necesitamos estudio alguno que nos demuestre los efectos antioxidantes que la lectura tiene para el cerebro. Quizás sea por eso que a los quirománticos, videntes y demás faunas televisivas de madrugada, les da por la Cafeomancia o la Teomancia.

Y tampoco en este caso, necesitamos de estudio alguno que nos confirme que fiar nuestro futuro a lo que nos digan los restos de una bebida, por saludable que esta sea: lo único que denota es nuestro déficit de lecturas provechosas.

Afortunadamente, la ilustradora Maria A. Aristidou le da un uso a los posos de café mucho más interesante y vigorizante para su talento. Sus retratos dibujados con café le están haciendo célebre en la red; y algunos de ellos nos sirven para decorar el salón de té que hemos montado en este post. El agente Cooper de Twin Peaks, Bob Marley, soldados imperiales de Star Wars o la carismática Daenerys Targaryen de Juego de tronos, son algunos de los personajes que gusta de retratar con tan aromática sustancia.


El escritor best seller Laxman Rao en su puesto callejero de té,
con el muestrario de sus novelas en el suelo y una mesa



"¿Un salón de té?, ¿un salón de té? con esa mala leche un salón de té" que cantaban los Radio Futura en su clásico Paseo con la negra flor. Y no sabemos si mala leche, pero sí mucho carácter, y buena mano para el té con leche, es lo que ha demostrado tener Laxman Rao de Nueva Delhi. El vendedor de té más famoso de la capital hindú siempre tuvo un sueño: llegar a ser un escritor de éxito, y lo ha conseguido.

En su destartalado y célebre puesto de té callejero, Rao sirve su delicioso té con leche, y al mismo tiempo vende sus novelas en lengua hindi, que se han convertido en auténticos best sellers. El vendedor de té y escritor, fue un precursor de la autoedición muchas décadas antes de que Internet la convirtiera en la salida para tanto escritor aficionado, al que las grandes editoriales daban la espalda. Y hoy día, hasta Amazon India se enorgullece de poder distribuir la obra del vendedor de té superventas. Mientras Rao, fiel a sus infusiones, sigue sirviendo humeantes tazas de té en plena calle.

Historias estimulantes sobre infusiones y literatura que no acaban aquí. Prometemos más estímulos para combatir el aplanamiento de este verano infernal, con una segunda taza en el próximo post. Y ahora que cada uno se sirva el azúcar que necesite: cerrando como cerramos con una balada dedicada al café del grupo Garbage, nunca se corre el riesgo de empalagarnos.




miércoles, 12 de agosto de 2015

Egosurfing (o qué poco hemos cambiado)


Llucia Ramis ganó el premio Josep Pla de novela 2010 con Egosurfing. Una novela con un título oportuno, y un estupendo diseño de portada. Egosurfing, según la Wikipedia, consiste en la práctica de buscar el propio nombre en buscadores de Internet para localizar referencias, y así (si todo va bien) masajearnos un poco el ego.

La protagonista de la historia escribe libros de autoayuda, lo cual también resulta muy acertado para el retrato generacional que Ramis lleva a cabo. Si algo caracteriza por encima de todo, el momento que estamos viviendo, es la infinita capacidad que tiene esta época para empujarnos a mirarnos obsesivamente el ombligo.

Seguro que habrá alguna teoría sociológica, filosófica o psicológica: que argumente que en una economía de mercado feroz en la que el consumo se alimenta de nuestras inseguridades, anhelos y deseos (manipulándolos): sea inevitable que la apariencia de socialización que ofrecen las redes, se utilice para intentar reforzarnos frente a los demás, para valorizarnos inventando vidas paralelas, tal cual como hacen los famosos.

Panel perteneciente a la exposición itinerante de la BRMU:
Esto no es un cómic


En la década de los 60, cuando el desarrollismo favoreció el crecimiento de esa clase media que tan vapuleada se encuentra ahora; en más de un tebeo Bruguera, que tan certeramente retrataban al españolito de a pie: un chiste habitual en estas fechas veraniegas, era el de la familia que se encerraba en su piso, bajaba las persianas y vivía clandestinamente durante el mes de agosto, para así hacer pensar a los vecinos que ellos también se iban de vacaciones. Décadas después, el aparentar lo que no se es, o maquillarlo está más fácil que nunca gracias a Internet.



Antes incluso de volver de vacaciones o de viaje, ya es un hábito el subir fotografías de dónde nos encontramos para que todos nuestros contactos puedan comentarnos la envidia que sienten. Los creativos publicitarios han sabido desde siempre explotar con maestría o burdamente (pero casi siempre con buenos resultados) nuestras pulsiones más básicas; y así campañas publicitarias basadas en la envidia, hay miles.


"Envidia" anuncio de la marca de automóviles BMW


Pero volviendo al ámbito digital, el vecindario que nos juzga ahora a través de las redes sociales es enorme y en muchos casos, anónimo; y sin embargo, casi nadie renuncia a estar presente en las redes. El refuerzo positivo de un Me gusta o un retweet, causa adicción; y de ahí a que algunos quieran rentabilizar nuestras aficiones-adicciones hay sólo un paso.

En el interesante artículo El enfermo virtual de Virginie Bueno, publicado en la edición española de Le Monde Diplomatique, se recorren los diferentes momentos por los que ha pasado la denominada adicción a Internet, a la hora de ser considerada como una patología catalogable dentro del, cada vez más voluminoso, DSM-5 (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). En los últimos tiempos, la denominada "Biblia de los psiquiatras" es cada vez más cuestionada, y lo que cuenta Virginie Bueno respecto a la inclusión o no de la adicción a las redes en el famoso vademécum, no parece que vaya a disipar las dudas que muchos profanos y especialistas plantean ya abiertamente sobre el DSM-5.


Ilustraciones de Jean Jullien sobre nuestras ciberadicciones


Algunos de los argumentos que se esgrimen para considerar si la adicción a Internet se puede considerar algo patológico o no, se dirimen atendiendo al hecho de si las horas de navegación se dedican al trabajo o al ocio; si se da el segundo caso, el riesgo de trastorno mental se agudiza. Curioso, ¿no? Si producimos, por horas que le echemos, no estamos enfermos; pero si lo hacemos por ocio, puede que estemos enfermos.

Pero como estamos en verano, y en la mayoría de medios impresos proliferan test de las más diversas naturalezas como sinónimo de algo liviano, en este blog no vamos a ser menos. Puestos a echar el rato, vamos a por un test. El test de Orman o test de dependencia a Internet, se supone que mide el grado de ciberadicción que se sufre. Aquí traducimos algunas de las preguntas que conforman el test  (el test completo para quien quiera autodiagnosticarse en este enlace):

  • ¿Pasa más tiempo conectado a Internet, del que había pensado en un principio? (el internauta que conteste negativamente a esta pregunta, resultará sospechoso de ser más falso que Judas)
  • ¿Le molesta limitar el tiempo que pasas conectado a Internet? (¡a la mesa!… ¡he dicho que a la mesa!!!!!…¡el día menos pensado corto el wifi y os vais a enterar!) 
  • ¿Le resulta difícil permanecer sin estar conectado por unos días? ("hotel de montaña con wifi", ¡Y una chufa!. Ahora mismo los hundo con un comentario en su web. Pero antes, a ver cuántos han compartido lo que puse antes de irme….¿nadie?, ¿por qué?, no lo comprendo, si era muy bueno. La próxima vez publico algo con gatos)
  • ¿Existen áreas de Internet, sitios específicos, difíciles de evitar? (¿qué querrán insinuar con sitios difíciles de evitar??? Ejem, no entiendo esta pregunta, no sé a qué se refieren) 
  • ¿Tiene problemas para controlar el impulso de comprar productos o servicios relacionados con Internet?  (en nuestro caso, si son libros, películas, cómics o música. Decididamente sí. Es una forma de justicia poética: usar lo digital para fomentar lo tangible)



Y echamos de menos una pregunta, las más vergonzante de todas, que no deberían haber olvidado incluir en este test: ¿Practica el egosurfing?

Si acaso fuera posible aplicar este test al blog de una biblioteca, tendríamos que reconocer ante esta última pregunta, que claro que sí. No podemos evitar ser vanidosos, y cualquier mención o enlace en web ajena a nuestra biblioteca, nos hace felices. Pero mientras seamos capaces de empatizar con la protagonista de este vídeo, y no con los que la rodean: no empezaremos a preocuparnos de verdad.


miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Biblioteca o discoteca?


Si había una anécdota habitual cuando no imperaban los móviles tanto como ahora, y de la que casi ninguna biblioteca se libraba: era la de la llamada telefónica al fijo de algún usuario, que éste no se encontrara en casa; y nos atendiera algún familiar con problemas auditivos. La confusión entre biblioteca y discoteca era todo un clásico: no sabemos si porque en la mayoría de los casos la afición del nieto o hijo era más proclive a las discotecas que a las bibliotecas; o porque a ciertas edades se añoran más las discotecas que las bibliotecas.

Como explica el lingüista aficionado Saul H. Rosenthal en su libro Todo el francés que usas sin saberlo, las palabras biblioteca, discoteca y disco (en este orden evolutivo) establecieron un auténtico baile desde su origen francés, hasta llegar a colarse en el inglés, y terminar implantando el término global de Disco, para referirse a los locales donde se baila al son de los ritmos de moda. Así que lo que contamos a continuación, tiene todo el sentido.

"La décima planta es para estudiar en silencio"

Ya hablábamos en Silencio de las Silent Reading Parties, algo que se hace en las bibliotecas desde la noche de los tiempos (leer en grupo en silencio) y que ahora adoptan bares y cafés. Por ello, resulta de justicia que ahora las bibliotecas nos apropiemos de lo que se hace en las discotecas: bailar y escuchar música (lo de ligar no hace falta que nos lo apropiemos, porque desde siempre la biblioteca ha sido un buen sitio para ligar, al menos en teoría).

Durante los últimos tiempos han sido varias las bibliotecas que han puesto en práctica lo de convertirse en una Discoteca silenciosa. Se trata de bailar al son de una misma música compartida, tal cual como mandan los cánones discotequeros: sólo que con unos auriculares puestos. No disponer de unos auriculares en este caso es realmente quedarse fuera de la fiesta; aunque también resulta de lo más curioso, observar a un nutrido grupo de usuarios sacudiéndose en silencio al ritmo del DJ, como en una película muda. Pero una imagen en este caso, sí que vale por mil palabras. La de la biblioteca de Powell en la Universidad de Los Ángeles, donde se celebró uno de estos eventos silenciosos, resulta de lo más elocuente:






Las Discotecas silenciosas, forman parte de los denominados Eventos silenciosos que de un tiempo a esta parte se han ido extendiendo, y haciendo surgir nuevas empresas que se dedican a organizarlos, allá donde los reclaman. En la BRMU queremos una desde ya, aunque probablemente después no caigan las críticas de un nutrido grupo de nuestros visitantes, que son extremadamente celosos sobre lo que debe ser una biblioteca; aunque pasen casi siempre de los servicios y actividades que organizamos.

Bibliotecarias rancias, como manda el canon,
vengándose en la calle a bordo del bibliobús


Recientemente, el escritor Gustavo Martín Garzo en su artículo Coleccionar silencios hablaba de la Biblioteca 10 de Helsinki, y de cómo su oferta de servicios incluye desde leer en hamacas, dormir la siesta, hacer negocios, bailar o tocar la guitarra; y que ha hecho que se incremente el número de usuarios del centro; arrinconando para ello, en algunos momentos, el sacrosanto silencio que se supone debe reinar en las salas de una biblioteca.

El silencio en las bibliotecas es un atractivo que no deberíamos perder en este mundo ruidoso, como denuncia Martín Garzo (y aún más en un país como el nuestro, tan poco respetuoso del control de decibelios). Pero para muchos de los estudiantes que en periodos puntuales, abarrotan nuestras salas: silencio es sinónimo de inmovilismo. Y de esta manera entramos en el eterno debate: ¿debemos coartar la puesta en funcionamiento de nuevos servicios, a causa de quienes infrautilizan nuestras instalaciones usándolas como simples salas de estudio?

Lo que nos jugamos al elegir entre una cosa u otra puede ser la irrelevancia absoluta de las bibliotecas en el siglo XXI; y eso, es algo que no podemos permitirnos. Encontrar el equilibrio entre pasado y presente, y sobre todo: saber transmitir a la gente que si el mundo ha cambiado, las bibliotecas no pueden dejar de hacerlo, son los grandes retos que tenemos las bibliotecas.

Tal vez así, la eterna duda existencial de todo joven que se precie sobre si ir a la biblioteca o a la discoteca, quede de una vez resuelta al poder bailar y estudiar en el mismo sitio. Y para cerrar, nada mejor que una escena de la simpática película Begin again (próximamente en nuestras colecciones) que viene muy a cuento. La pareja protagonista decide compartir sus gustos musicales a través de los cascos en su paseo por la ciudad. La imagen de los dos bailando a su ritmo en mitad de una discoteca, casa a la perfección con todo lo hemos dicho en este post.