viernes, 6 de febrero de 2015

Mono ve, mono hace

Monkey see, monkey do

Probablemente pocos recuerden la viejuna comedia televisiva Enredo, de los lejanos años 70 del pasado siglo. En esta precursora (e increíblemente polémica en su tiempo) parodia de los culebrones de amor y lujo, su personaje más divertido era el de Jessica Flecher, matriarca de la familia rica que protagonizaba la serie, cuya candidez y alegres despistes daban lugar a algunos de los mejores gags. Tal y como la presentaba la voz en off de los títulos de crédito: “Jessica ama la vida, lo único que añadiría si pudiera sería un fondo musical”.

La divertida, y provocadora, Enredo
Y treinta y pico años después, el deseo de la heroína de Enredo se ha hecho realidad para todos, lo malo es que el resultado no es tan bucólico como la ingenua Jessica hubiese querido. Ya lo teorizaron Teodoro Adorno y Walter Benjamín cuando con la invención del gramófono y la radio, se inauguró la posibilidad de disfrutar de la experiencia musical en el propio domicilio. Hasta el siglo XX, la experiencia musical era forzosamente en vivo; requería de una atención activa por parte del oyente, pero al convertirse en un acto tan rutinario como darle al play, toda el aura se pierde, y de ahí a faltarle al respeto había solo un paso.

Madonna liándose con la red
En nuestra Pasarela BRMU/Pedro Lobo, aparte de por supuesto la moda, la música lo es todo a través de libros y películas, porque los discos preferimos no incluirlos.

Sin música, la vida sería un error” que sostuvo Friedrich Nietzsche, y la recientes noticias de las filtraciones de los últimos trabajos de dos estrellas tan mediáticas como Madonna (en cuyo vídeo precisamente combina tauromaquia con Nietzsche) o Björk, no hace más que evidenciar el error vital que supone esa falta de respeto absoluto hacia el trabajo ajeno, que se ha ido extendiendo por la red.

En el último, y como siempre, imprescindible estudio de Fréderic Martel: Smart : Internet(s) la investigación, fruto de sus entrevistas por todo el mundo indagando en cómo se vive Internet según los países y las culturas: Martel cuenta como para los jóvenes palestinos que viven en la franja de Gaza, la sola idea de pagar por algo que hay en Internet les suena a marciano.

Y como el monkey see, monkey do (lo que el mono ve, el mono lo hace) es ya planetario, un mínimo respeto al esfuerzo ajeno se hace casi misión imposible. Las industrias culturales buscan medios para la supervivencia, y como la música fue la primera y más afectada por esta apertura digital; será cuestión de imitarla. Los músicos en la actualidad confían sus ingresos más a los directos, que a las ventas de sus discos; y las bibliotecas como partes afectadas por las zozobras que se deriven de la piratería de libros y películas, estamos obligados a tomar ejemplo de la música.

Hoy día, la biblioteca ha de proponer una oferta que haga que merezca la pena desplazarse hasta nuestras instalaciones; para vivir la cultura en vivo, y no en diferido. Por eso, dentro de esta Pasarela BRMU/Pedro Lobo vamos organizar un concierto de música clásica en colaboración con el Conservatorio Profesional de Música de Murcia, que nos asegura esa liturgia de la música en directo que ningún ordenador puede sustituir.

María Popota, relacionando música y literatura
Moda, música y literatura en vivo. Una experiencia que propone en digital, sin moda de momento, la interesante web de Literary jukebox (cargador de discos literario) donde la bloguera, escritora, crítica búlgara afincada en Brooklyn, María Popota une citas literarias con canciones a las que podrían asociarse. Y así van surgiendo parejas de los más sugerentes: Virgina Wolf con David Bowie, Henry Miller con Joan as a police woman, Beethoven con Susan Sontag o Séneca con Patti Smith.

Una estupenda excusa para rastrear conexiones, que es, en definitiva, lo que debemos hacer las bibliotecas ahora más que nunca.