jueves, 10 de noviembre de 2011

Cadáveres exquisitos murcianos



Cualquiera que haya vivido un Bando de la huerta a última hora por la zona de marcha nocturna de Murcia, sabe de primera mano cómo sería la versión murciana de Los muertos vivientes. Pero el título de este post no va de huertanos zombis, el asunto es mucho más serio y macabro aunque irresistiblemente interesante.

Ya anunciamos las fantásticas colecciones de fotografías que se pueden disfrutar en el portal Carmesí (hablábamos de ellas en: Instantáneas en Carmesí o lo que tu abuelo nunca te contó, que por cierto va a la cabeza del ranking de entradas más visitadas en este blog desde hace mucho), y dentro de ese filón inagotable de tesoros fotográficos sobre Murcia, hay uno que resulta de lo más adecuado para este mes de difuntos, y en el que, no por casualidad, se estrena la segunda temporada de la exitosísima serie The walking dead basada en el cómic superpréstamos (¿se acepta el término como equivalente bibliotecario a superventas?) de Robert Kirkman.

Fotografía del calendario zombi publicado con motivo de la segunda temporada de la serie The walking dead
Se trata, dentro del apartado de Retratos, de los Retratos post mortem. Quien haya visto Los otros de Amenábar recordará esa escena del desván en que Nicole Kidman se topa con un libro de muertos. La inquietante costumbre de fotografiar los cadáveres de los seres queridos y formar álbumes con ellos. Tal vez tan tétrica tradición nacía de una mayor familiaridad con la muerte por parte de nuestros antepasados (cuya experiencia más extrema sería la impresionante cripta de los Capuchinos en Palermo), de una aceptación de lo que realmente supone vivir; que en estos tiempos tan botoxizados, photoshopeados, disneyzados, en definitiva, tan obsesionados con la eterna juventud, nos horroriza tanto como horrorizó La noche de los muertos vivientes el día de su estreno.
Sirva el bellísimo monólogo final de la genial adaptación que John Huston hizo del relato Los muertos de James Joyce, para mitigar ese desasosiego desde una reconfortante melancolía, que nos ayude a familiarizarnos con lo inevitable, y a espantar el miedo con la ironía de un día de difuntos mexicano.