miércoles, 30 de enero de 2013

Lo + destacado en diciembre 2012

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1. El negocio de las bibliotecas

¿Qué puede decir una revista especializada en negocios como la emblemática Forbes, sobre la rentabilidad de las bibliotecas como negocios? En este post lo abordábamos junto con otra noticia de película, y está claro que el asunto cotizó muy alto en el interés de nuestros lectores.

2. Mapas en carne viva

La cartografía aspira a ser una ciencia exacta, pero más allá de latitudes, fronteras, cordilleras o rios, lo que capta la colección de mapas que recogíamos en este post: eran miradas cargadas de mala leche sobre el continente europeo, que no pueden estar más de actualidad a pesar de pertenecer al siglo XIX.

3. BRMU Bizarra. Décima entrega y final

Y eso ha sido todo amigos...La serie que mejores momentos ha dejado a este blog durante el 2012 llegaba a su fin. Afortunadamente ahí sigue para quien quiera repasarla, o descubrirla, y contemplar como saltaban por los aires los estereotipos bibliotecarios a fuerza de postales, libros, pósteres, cómics u objetos que a algunos le harán daño a la vista, pero que a tantos otros nos fascinan.

4. Prêt-à-porter bibliotecario

Seas o no seas fashion victim este post te interesará. Ni las rayas, ni el black&white, ni el retorno de las minifaldas: la tendencia que nadie puede perderse en este 2013 es el Prêt-à-porter bibliotecario, un estilo clásico a la vez que moderno, que no pasa de moda.

5. Literatura infectada

En los tiempos que corren nada está a salvo. Quizás sea por la convivencia en las estanterías, pero el caso es que cada vez son más los clásicos de la literatura que se contagian de epidemias zombis, vampíricas o robóticas. Al principio nos hizo gracia, ahora no sabemos muy bien qué pensar.

6. Sonríe, nos están vigilando

El fin de Facebook, los bibliotecarios cotillas, Bond, James Bond, y los secretos más preciados del servicio secreto británico expuestos a la luz. Todo revuelto en un post de lo más paranoico y sospechoso, que no deja de sorprender hasta el final.

7. Biblioteca talismán

Las bibliotecas beneficiamos seriamente la salud, y no lo decimos nosotros, lo avalan estudios científicos. Y además, damos buena suerte. Esto último sí que lo decimos nosotros, pero seguro que tarde o temprano alguna universidad lo confirma con algún estudio, y si no tiempo al tiempo.

8. Armas cargadas de futuro

La reciente matanza en los Estados Unidos ha reabierto el clásico debate sobre el control de armas, y en medio del debate, las pobres bibliotecas que ni pincha ni cortan, pero que tenemos algo que decir.

9. Viñetas con marco

De ser el cine de los pobres a ocupar salas en el museo del Louvre: lo del cómic en los últimos años podría parecer un ejemplo de arribismo cultural, pero nada más lejos de la realidad. Le sobran talentos y méritos para reivindicar el lugar que, por fín, está ocupando.


lunes, 28 de enero de 2013

Hoteles para ricos, bibliotecas para pobres

The Viceroy Hotel (Santa Monica, Los Angeles)

Que nadie se llame a engaño con el título de este post, nada más lejos de nuestra intención que lanzar una soflama incendiaria contra las clases pudientes. Tal y como dijo la gran ideóloga Carmen Lomana: si los ricos gastan su dinero, activan la economía. Y no podemos estar más de acuerdo, siempre que su dinero sea realmente suyo...

El lujo es un logro genuinamente humano: el refinamiento, el agasajo de los sentidos, el ansia de perfección en una palabra. El auténtico buen gusto no está en la ostentación, huye del exhibicionismo zafio de los nuevos ricos, que impera a sus anchas en estos tiempos. Por eso, la última tendencia para hoteles de altísima gama que quieren desmarcarse del mal gusto dominante, sólo podía llegar a través de la cultura. Lo único capaz de aportar auténtica distinción.


The Carlisle Bay Hotel (Antigua)

The Hudson Hotel (Nueva York)

Ya hemos hablado de hoteles bibliófilos en Yo no quiero trabajar o en Hotel CDU; pero en este caso se trata de la última moda de crear bibliotecas a cual más lujosa, cool y exquisita, como un servicio que aporte caché al establecimiento.


The Carlisle Bay Luxury Hotel en Antigua, con The Ultra Violet Library que cambia de color por la noche; The Starwood Luxury Collection del hotel The Joule en Dallas, con libros de la exquisita editorial Taschen; la biblioteca del londinense hotel One Aldwych; o The Viceroy Hotel en Santa Monica, con 2.000 libros sobre arte y cultura: junto a muchos otros hoteles, y resorts del Caribe, que han hecho de sus bibliotecas un valor añadido de su oferta.


The Nomad Hotel Library Bar (Nueva York)

Y mientras esta tendencia arrasa en hoteles de alta categoría, otra noticia coincide en el tiempo, para transportarnos al otro extremo. En la biblioteca central de Montreal, la afluencia de vagabundos y desahuciados crece por meses. En otras bibliotecas como la Pública de San Francisco, hasta disponen de trabajadores sociales en plantilla para atender a este tipo de usuarios. Un tipo de asistencia social que las bibliotecas públicas estamos llevando a cabo, y de la que ya hablamos en Vagabundos y bibliotecas.


The Renaissance Washintong DC Hotel

Paradojas de ayer, hoy y siempre, que estos tiempos agudizan. Pero no queremos caer en el más burdo maniqueísmo, contrastando bibliotecas exclusivas versus bibliotecas populares. Preferimos soñar con que la cultura fuera la pértiga que sirviera para salvar ese abismo social, y que uniera por los extremos, a ricos y pobres en su amor por las bibliotecas.

Pero mucho nos tememos que eso sería tanto como pedir, que los árboles dieran dinero. Algo que Kendrick Lamar declama en uno de los temas del mejor álbum del 2012, según la prestigiosa revista Pitchfork. Nadie como el hip hop para tomar el pulso más inmediato a la calle: su imaginería urbana, su culto al dinero, sus invectivas al orden establecido, se hacen flow en este Money Trees (Árboles del dinero) con el que concluimos.




viernes, 25 de enero de 2013

Bajo el terciopelo azul


Escena inicial de Terciopelo azul de David Lynch (1986)


En Coleccionar, ordenar, conservar, asombrar nos asomábamos al maravilloso y diminuto universo del artista del assemblage Joseph Cornell, y establecíamos paralelismos entre los fundamentos de su arte y las funciones de una biblioteca. Y he aquí que hemos dado con otro artista, éste actual, que también se dedica al assemblage y en cuyas creaciones las bibliotecas están más que presentes.





Marc-Giai Miniet es un artista francés entre cuyas obras se encuentran estos pequeños universos cerrados en cajas, en las que la biblioteca suele tener un lugar preferente. Las arquitecturas que recrea son decadentes, 13 rues del percebe con un punto inquietante, las tripas al aire de edificios casi al borde del desahucio.

Y en casi todas estas construcciones, las bibliotecas, los libros, coronan la estructura: a veces iluminando, otras invocando historias truculentas, de fantasmas y secretos inconfesables.




Visitando nuestra biblioteca, es difícil convocar estas sensaciones salvo en los libros (o eso queremos pensar). Los espacios amplios, luminosos, alegres, parecen espantar cualquier mal presagio, pero también tenemos nuestras tripas, nuestros depósitos, sótanos, pasillos oscuros, laberintos: escenarios perfectos para una escena rodada por David Lynch.

Quizá un día deberíamos ahondar más en el lado oscuro de nuestro centro (¿o será demasiado peligroso?) De momento, con los edificios ruinosos de Miniet, y el lado oscuro gentileza de Lynch, ya tenemos la dosis justa de inquietud que nos trastoque la realidad sin llegar a aterrorizarnos.




miércoles, 23 de enero de 2013

Justicia poético-bibliotecaria

El magnífico documental de Orson Welles
sobre el mayor falsificador de arte


La divertida noticia de la biblioteca australiana, que tras la confesión del ciclista Lance Armstrong, ha decidido reubicar los libros sobre sus gestas deportivas, aparte de servir para que las bibliotecas salgamos en los medios, aunque sea por humoradas de este tipo: nos ha hecho plantearnos la posibilidad de que exista una justicia poético-bibliotecaria en la que hasta el momento no habíamos reparado.

Si los bibliotecarios nos concediéramos licencias poéticas a la hora de clasificar los libros por materias, y por tanto, luego ordenarlos en las estanterías: ¿cómo podría ser la biblioteca resultante?, ¿qué pasaría si aparcásemos a la sacrosanta CDU y nos moviéramos por la intuición?

La Clasificación Decimal Universal (CDU) para quien no lo sepa, es el sistema más extendido para ordenar nuestras colecciones. Se trata de una clasificación que ordena los conocimientos del 0 al 9, entrando en subdivisiones, que van especializándose en cada materia.

Por ello, si nos sustrajéramos de la rigidez de la CDU provocaríamos estanterías alteradas que pondrían a algunas cosas en su sitio. Así por ejemplo, los demandados libros de autoayuda que ahora ocupan el número 159 correspondiente a psicología, migrarían al 29 de movimientos espirituales modernos, por esa pseudo mística que roza con el baturrillo ideológico de algunas sectas. Desde luego en el 1 de filosofía no conseguirían infiltrarse ni de tapadillo: Sócrates, Aristóteles, Platón, Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer o Savater los echarían a patadas por las noches.

A algunos de los títulos de los economistas más prestigiosos perorando sobre la actual crisis, los desterraríamos desde el 33 de economía que habitan actualmente al 133 de ciencias ocultas, o también al 64 de economía doméstica, en el que igual aprendían valiosas lecciones de las amas de casa.

Obra de Mr. Brainwash, el último
genio de la impostura
Los libros sobre arte y artistas contemporáneos tipo Damien Hirst, ¿no deberían abandonar el 73 de artes plásticas, para pasar al 793 donde se clasifica al ilusionismo, o al 658 donde se ordenan las técnicas comerciales?, ¿los dedicados a las nuevas estrellas del firmamento pop, del 78 de música al 658 de marketing?, o ¿los “escritos” por personajes del corazón y la televisión, del 929 de biografías al 008 de civilización, cultura y progreso: dado que son el testimonio más fiable de hasta dónde ha evolucionado nuestra cultura?



Podríamos continuar hasta alterar la última de nuestras estanterías, pero lo dejamos aquí. Quedan materias muy jugosas, como el 32 correspondiente a política, pero es tan amplio el abanico de números que se nos ocurren donde podríamos reubicarla, que mejor lo dejamos a la imaginación de cada uno.

Si fueras bibliotecario por un día, ¿a qué o a quién le aplicarías la justicia poético-bibliotecaria?


Milli Vanilli, han pasado a la posteridad como
el epítome musical del fraude, pero hay tantos...

lunes, 21 de enero de 2013

Vidas de santos



Cada nuevo año acumulamos propósitos de enmienda, persiguiendo alcanzar la mejor versión posible de nosotros mismos. Coleccionamos ideales de perfección, ejemplos edificantes con los que medirnos, metas que cuesta tantísimo alcanzar...

Todos, todos queremos ser santos (sea lo que sea lo que cada uno quiera entender por santidad) pero pocos lo consiguen. Por eso, nuestro primer Picoesquina del año va dedicado a las Vidas de santos: existencias ejemplarizantes (dependiendo de cuál sea el ejemplo que queramos seguir), biografías de figuras que han quedado para la posteridad, y que ofrecemos a través de fascinantes libros, películas, cómics o música.


Vidas fabulosas que ninguna hagiografía albergaría. Lecciones de vida de las que puede ser que no obtengamos demasiadas enseñanzas morales, ni pautas de conducta, ni tan siquiera en algunos casos, hábitos saludables; pero que nos dejan la mejor enseñanza posible: vivir intensamente, e interiorizar, sin necesidad alguna de libros de autoayuda, aquello que tan estremecedora y orgullosamente proclamaba la Piaf: no, no me arrepiento de nada.



  Marion Cotillard como Edith Piaf en La vida en rosa (2007)


viernes, 18 de enero de 2013

Sheldon Cooper ya lo sabía

Sheldon con su expresión de: "ya te lo dije"

Después de confrontar lectura versus televisión en TV or not TV, volvemos a vueltas con el cerebro pero buscando comparaciones más equitativas: lectura versus lectura. Duelo entre iguales. Y como en aquel caso, es de nuevo un estudio reciente el que nos sirve para corroborar algo que a nosotros nos resulta de lo más evidente. Pero así con la excusa del estudio, quedamos algo menos pedantes.

En la Universidad de Liverpool especialistas en ciencia, psicología y literatura, han analizado la actividad cerebral de 30 voluntarios que leyeron obras clásicas de la historia de la literatura, y después, esas mismas obras trasladadas a un lenguaje coloquial, exento de exquisiteces literarias.

Y el resultado no podía ser más evidente: el cerebro se activa y mucho, cuando se enfrenta a textos ricos literariamente, con estructuras complejas, ideas elaboradas, y se mantiene prácticamente al nivel de un espectador de televisión cuando se dedica a leer en lenguaje coloquial.

Fry de Futurama bajo el influjo del gran cerebro en la biblioteca

Pero es que, ¿cómo va a ser lo mismo leer La montaña mágica de Thomas Mann, que Los pilares de la tierra, o La cartuja de Parma que El código da Vinci, Drácula de Stoker que Crepúsculo, o (y en este caso la acusación de cansinos está plenamente justificada) Trópico de cáncer de Henry Miller que 50 sombras de Grey?

Italo Calvino ya nos dió precisas y preciosas razones de Por qué leer los clásicos, y ahora los científicos confirman lo que ya nos adelantó un escritor.

Leela y Fry en la biblioteca
Toda dieta precisa de golosinas, pero siempre que nuestra alimentación sean platos nutritivos y saludables. Otra conclusión del estudio nos ha gustado especialmente: la poesía es más útil que los libros de autoayuda, y la lectura en general es el mejor medicamento preventivo contra el Alzheimer o la demencia senil.

Y una vez dicho, nos apeamos de ese irritante tonillo tipo Sheldon, protagonista de una de esas golosinas televisivas permitidas en cualquier dieta (The Big Bang Theory) y que junto con los gorritos de punto simulando los parásitos cerebrales de Futurama (se organizan hasta concursos para fabricar gorritos con su forma) son las mejores metáforas visuales posibles, para este nuevo post en torno a cerebro y lectura.


Fuente: Portafolio

miércoles, 16 de enero de 2013

Ajústense los cinturones, en este blog vamos a tener tormenta



Cada uno se encomienda a los santos y deidades que quiere o puede. Y dentro del Olimpo hollywoodense, si Fernando Trueba se encomendó a Billy Wilder, nosotros los bibliotecarios nos encomendaremos a Bette Davis. Pese a arrastrar la fama de ser la mejor malvada de la historia del cine ("Fifty, fifty" "mitad y mitad": respondió cuando le preguntaron dónde había sido más mala, si en el cine o en la vida real), para nosotros la Davis está en el cielo, tal y como Pilar Miró aseguraba de Gary Cooper, y si no lo está: es que el cielo es un sitio nada recomendable.


Los ojos de Bette Davis

Esta semana ha llegado a nuestra Mediateca el dvd de la película Storm center (1956), titulada en español: En el ojo del huracán. Se trata de una cinta menor si se quiere, en la deslumbrante carrera de la Davis, pero ni mucho menos desestimable, y no sólo por su presencia, sino por otros variados motivos.

La trama está basada en un hecho real, y en ella la Davis encarna a Alicia Hull, la bibliotecaria de una pequeña localidad que durante 30 años, ha dedicado todo su esfuerzo a promover la lectura entre la población, con especial atención por los jóvenes. Ante la orden de retirar el libro El sueño comunista de sus colecciones, la bibliotecaria (el primer título barajado para la película fue el de La biblioteca) se niega por defender la libertad de ideas de todo tipo, que debe imperar en una biblioteca; y por ello es acosada por políticos oportunistas, y una comunidad ciega de paranoia anticomunista.




Levantar esta película fue un empeño personal de su director, el hasta entonces guionista Daniel Taradash,  y fue todo un acto de valentía si pensamos que fue en plena época de la caza de brujas del senador McCarthy. De hecho fueron varios los nombres de actrices que se barajaron, pero sólo la Davis se atrevió a encarnar a esta bibliotecaria coraje.

El papel iba a ser el regreso de Mary Pickford,
pero la actriz temió que la acusaran de roja
¿Cómo no va a ser nuestra heroína? , ni tan siquiera reparamos en la estereotipada imagen bibliotecaria que luce en la película. Pero es que además, esas casualidades que no existen, han provocado que esta misma semana Julián Marquina en Biblogtecarios, nos pusiera en antecedentes de lo que pasó este verano en la ciudad de Troy, en Michigan, donde se convocó la Book Burning Party (Fiesta de quemar libros). Con ella, se incitaba a la quema pública de libros como protesta por la idea de subir los impuestos, para así mantener abiertas sus bibliotecas.

 ¿A qué se pone el vello de punta?, por las dos cosas: quemar libros y subir impuestos. Pues bien, finalmente se trataba de una ingeniosa campaña de concienciación ciudadana, para que la gente se diera cuenta de lo mucho que les importan sus bibliotecas (no perderse los detalles en el estupendo artículo de Marquina)

Vota para cerrar la biblioteca de Troy, 2 de agosto
Fiesta para quemar libros, 5 de agosto

Nosotros por el momento, no nos hemos atrevido a tan radicales campañas de concienciación. Pero, ¿qué pasaría, si tomásemos el pulso de alguna manera, a la importancia que las bibliotecas públicas tienen para los españoles?, ¿terminaríamos llorando como decía Larra? No creemos, porque entre otras cosas, y como decía nuestra heroína en la monumental Eva al desnudodetestamos el sentimentalismo, y lo dejamos claro en Bibliotecas plañideras.

La rebeldía vestida de rojo en Jezabel
Al menos, de momento, no tenemos que bregar con intentos de censura en nuestros
fondos (cualquiera que consulte nuestro catálogo o revise nuestras estanterías podrá dar fe de ello), ni con una masa enardecida ansiosa por quemarnos.

Así que puesto a elegir, preferimos imbuirnos del arrojo de una Jezabel, la astucia de La loba, el gesto con que Margot Channing promete tormenta con la frase que parafraseamos en el título, y hasta de la carcajada de arpía de Baby Jane: para burlarnos de los que aseguran que las bibliotecas no tenemos futuro, y no sentirnos como extraños pasajeros de la era digital.

Y aunque obvio, no por ello evitamos el homenaje pop que Kim Carnes le hizo a los ojos de nuestra diva, con su clásico Bette Davis eyes. Y como las grandes estrellas, tal cual como los viejos roqueros, nunca mueren: elegimos la reciente versión de Brandon Flowers, cantante de The Killers.